sábado, 11 de octubre de 2008

Tempestad en Concarneau

Las tempestades, o temporales (como se denominan en la Escala Beaufort), deben de ser terribles en la mar, sobre todo a vela. Suelen sufrirse en solitario. Sin embargo, en tierra, a menudo, son colectivos, y los destrozos son evidentes. Tienen ese aspacto catastrófico y colectivo que impresiona. Ya había comentado algo sobre una tempestad en la Rochelle, en 1990. Hoy muestro imágenes de otro temporal en Concarneau [ googleearth: 47º52'N + 3º55'W ], en 1987. Espero no vivir ninguno, o si hay que hacerlo, por lo menos, sobrevivirlo :-)



El mar, día a día. 11 de octubre.

En la costa. A finales de agosto, con la llegada de las mareas equinocciales, los primeros chubascos de viento anuncian el otoño y ponen a prueba el fondeo de los barcos, llegando a desplazarlos hasta la costa.

En el cenit de su cólera, la superficie del mar, inervada de espuma blanca, zarandea los barcos fondeados como si fueran simples boyas flotantes. Estamos a finales de agosto y el rosario de borrascas invernales descarga los primeros chubascos de viento sobre el litoral atlántico, produciendo lamentables embarrancamientos. En los trópicos, cuando se anuncia la llegada de un ciclón, la medida de seguridad más efectiva para un barco deportivo es sacarlo del agua y ponerlo a resguardo.... ¡en un agujero a su medida! Los temporales bretones, menos rabiosos, necesitan sin embargo un fondeadero bien resguardado y cabos sólidos. Sólo así podrán resistir a la invisible mano gigante que se divierte con un pequeño juguete de plástico, tirando sin misericordia de una diminuta ancla agarrada al fondo marino. En cuanto el fondeo cede, el barco es arrastrado hacia la costa como una vulgar botella o un simple trozo de madera.



- - - fin del día 11 de octubre - - -

Aprovecho para poner este apetitoso restaurante, pegadito a la mar, aunque no sea una tempestad :-)


[ Resilient ]

[ Fotógrafo: Martin Q ]



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